
Ana Frank cuenta su historia en Cartagena
Por Gabriel Romero Campos
Cartagena, 9 sep, 2008
La Plaza Santo Domingo se alistaba para una noche de largas conversaciones en medio de la brisa cálida. Muy cerca de allí sólo se escuchaba el cántico de los feligreses que asistían a misa de 6. A la distancia, en el Centro Formación de la Cooperación Española, se divisaba un patio amplio, adornado de arcos y de luces de mercurio que insinuaban la silueta de uno que otro transeúnte. Tres gigantescos almendros centenarios permanecían silenciosos.
En una de las paredes descansaban fotos y textos en español y en inglés de la exposición de la vida de Ana Frank, que hoy se abre al público cartagenero. La muestra es la continuación de "El Mundo de Ana Frank", que entre 1985 y 1995 fue visitada por más de 6,4 millones de personas y viajó por más de 560 ciudades de 30 países.
El relato comienza con aquellos terribles 9 y 10 de noviembre de 1938, cuando en la historia universal de la infamia ha quedado en el recuerdo La noche de los cristales rotos. Los nazis destruyeron 177 sinagogas, destrozaron 7.500 tiendas y 236 judíos fueron asesinados. El relato también dice que más de 30 mil de ellos fueron enviados a campos de concentración.
En la parte superior del primer conjunto de fotos y textos se observa a dos pequeñas niñas a bordo del barco St Louis, anclado en Amberes, Bélgica. En sus miradas parecen presentir el destino que les espera.
La muestra avanza. En el escenario está la familia de la pequeña Ana Frank, en la Plaza Merwedeplean. "Después de mayo de 1940, los buenos tiempos quedaron definitivamente atrás: primero la guerra, luego la capitulación, la invasión alemana, y así comenzaron las desgracias para nosotros los judíos". Es el relato de la pequeña Ana, que empieza a tomar forma en su diario.
En una imagen posterior aparecerá ella, en su estudio, con un esfero en su mano derecha y el diario sobre un viejo escritorio. También se le ve junto a la pequeña Hannah Goslar, una de sus mejores amigas.
En Cartagena la noche ha penetrado. Es más fuerte el bullicio de la música y las bocinas. La ceremonia religiosa ha terminado. Los feligreses han vuelto al mundanal ruido y allí, en el Centro Formación de la Cooperación Española, cerca de los almendros centenarios, la pequeña Ana Frank sigue contando su historia.
La persecución se hace más fuerte. Los Frank se ocultan con su familia en la casa de atrás. "Como escondite, la casa de atrás es ideal; aunque hay humedad y está todo inclinado, estoy segura de que en todo Ámsterdam y quizá en toda Holanda no hay otro escondite tan confortable como el que hemos instalado aquí", relata la pequeña con visible optimismo.
Pero un cuadro más adelante la pequeña advierte la dimensión del enemigo. "Tengo mucho miedo de que nos descubran y nos fusilen", escribe, y más adelante se lee: "Nadie escapa a esta suerte, a no ser que se esconda". Y en medio de frases tan contundentes, se observa el inocultable poderío de las imágenes de aviones asolando ciudades, de hombres y mujeres famélicos, hacinados, cercados por alambres de púas, habitando en el fin del fin de los mundos.
"¿Llegaré algún día a ser periodista y escritora? ¡Espero que sí, ay, pero tanto que sí! Porque al escribir puedo plasmarlo todo: mis ideas, mis ideales y mis fantasías", reflexiona la pequeña, que no verá la luz al final del túnel.
Otra imagen llega. El desgastado piso de madera de un lugar de la casa de atrás. Una ventana gris, distante, espejo de un día dudoso. Premonición de que muy pronto ella y su familia han de ser descubiertos. Alguien los ha delatado. No volverán a estar juntos.
Tiempo después, Otto, el padre de la pequeña, se ha enterado que ella ha muerto. En su desconsuelo, Miep Gies le muestra los escritos del diario. Se los entrega y le dice: "Este es el legado de su hija".
En otra fotografía, el tiempo ha pasado. La guerra es cuestión del pasado, pero Otto Frank no puede ocultar su expresión triste, y en una breve reseña dan cuenta que ha creado una fundación educativa que hará posible el encuentro de jóvenes de todos los continentes del mundo. Más adelante se anuncia el fin de su vida, a los 91 años de un día de 1980.
Hay más imágenes, más recuerdos de los Frank y de la pequeña que a los 13 años sintió la extraña sensación de escribir un diario al que no le auguraba mayor futuro.
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